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miércoles, 17 de octubre de 2012

EN UN RINCÓN DEL ALMA - LA MUJER DE AGUA


Mientras él estiraba sus brazos intentando
en cada luna rozar el cielo,
a mí las estrellas fugaces
dejaron de concederme deseos.



<<La fuerza se te va por la boca. Hablas demasiado. Como no rectifiques tu forma de ser, tendrás muchos problemas>>, solía decir usted, madre, como única e invariable respuesta a mis intentos de conversación.

No se equivocó. He tenido problemas, infinitos problemas. Los he tenido porque nadie, empezando por usted, tuvo tiempo para escucharme.

Mi vida siempre fue una lucha constante por conseguir su atención, su beneplácito. Ahora el paso de los años me ha otorgado la capacidad de ver la realidad y poder aceptarla sin que ello vaya más allá de una toma de conciencia. Sin que la soledad sentida me obligue a derramar una sola lágrima. A diferencia de entonces, hoy no necesito que alguien me escuche. He aprendido a dialogar conmigo misma. Este desarraigo, en parte, se lo debo a usted.

[..] Los años nos envejecen, arrugan nuestra piel, nos desgarran el alma. Desvelan todos los rincones que permanecen ocultos en nuestro sentir. Destapan los pozos negros de nuestra conciencia. Nos dejan ver los precipicios escondidos en las llanuras, camuflados en la fantasía de la ilusión y, entonces, todo comienza a parecer lo que es. Es en ese momento cuando emprendemos esa absurda carrera contra el tiempo, olvidándonos de que hemos empezado a correr a destiempo.

[..] Andreas y yo jamás hablamos de nuestra relación, de los porqués, del futuro...Nos dejamos llevar y sentimos juntos sin ningún tipo de prejuicios o ataduras. Él nunca cuestionó mi vida, no formuló ninguna pregunta, no hizo ni un solo comentario ni me exigió nada. Aquella historia, nuestra historia, fue como las que surgen en los albores de la adolescencia, lo único importante era vivir y, en consecuencia, sentir. Jamás hablamos de su marcha, pero era algo evidente. Un futuro inevitable.

Cuando terminó, estuve varios meses perdida en un silencio que nadie notó. Aún hoy, madre, cuando recurro a esa costumbre malsana que tenemos las personas de rememorar los sinsabores, los labios se me cierran y me cuesta articular palabra sin que se me escape una lágrima.

Cuando pienso, cuando lo recuerdo, le imagino haciendo feliz a otra mujer, a una de tantas mujeres solitarias y mudas que se esparcen como flores marchitas por los confines del mundo. Le imagino partiéndose el alma por arrancarles un beso, una sonrisa, una confidencia a media voz y cabeza gacha.[..]


Fragmentos de "En un rincón del alma" de Antonia J. Corrales.



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