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viernes, 2 de junio de 2017

LA MODERNIDAD MALDITA - CHARLES BAUDELAIRE

Constantin Guys


Las flores del mal de Charles Baudelaire

La modernidad maldita


El escritor, hasta el siglo XIX, era un ser respetable y normalmente sofisticado, de elevada posición social y alto nivel de cultura, que cultivaba el arte para mayor gloria de Dios y de los hombres. Los mecenas, nobles, príncipes, aristócratas, financiaban a los artistas y sus obras. El capitalismo acabó con todo eso. El capital tiene como fin en sí mismo multiplicarse, engendrar plusvalía, acumular, una dinámica reñida con el despilfarro y el ocio. La producción artística pasa a tener un valor de cambio y no ya solamente valor de uso como antes. Y no solamente el arte se mercantiliza sino que la nueva situación envuelve al artista, que pasa a depender del valor de cambio de sus creaciones. Junto a él, y a veces por encima de él, aparecen las editoriales, los agentes literarios, las galerías de arte, los derechos de autor, la propiedad intelectual, esto es, las fábricas de la cultura que pretenden extraer una rentabilidad de los capitales invertidos.

En el siglo XIX aparecen los primeros autores que escriben por un nuevo motivo, que es el de ganar dinero, que firman contratos a destajo, a tanto por palabra, que deben escribir día y noche para pagar sus deudas y que deben entregar sus cuartillas repletas en la fecha fijada. 

Desprovista de sus ropajes, hoy tan mitificados, la modernidad no es más que una visión mercantilista de la literatura. Lo que se hizo impostergable con la modernidad fue la conversión de la poesía en mercancía, traficar con los versos. 

Para cobrar derechos de autor hay que ser original y es sólo por eso que la modernidad literaria no quiere copiar y tiene que innovar como cualquier otro negocio. Y si hay algo que vende, que resulta inmensamente atractivo, es ese concepto de la vida bohemia, ese disfrute de la decadencia, la perversión y el morbo por persona interpuesta, que tan bien se ajusta al voyeurismo moral. 

Las vanguardias no son más que una consecuencia del afán mercantilista de renovación de la maquinaria cultural, el incremento de la fabricación artística, el aumento de su productividad. Alcanzamos así otro componente de la modernidad, que es la artificiosidad, que es el punto de llegada no sólo de las exigencias productivas capitalistas en el ámbito de la cultura, sino también de la exacerbada subjetividad del artista que, igual que el capitalismo, debe reconstruir la naturaleza a su imagen y semejanza. 

El artista impone su versión del paisaje lo mismo que el capitalismo lo sepulta bajo las vías férreas o lo horada con negros túneles. Y a pesar de que recrea el entorno, el artista se siente enfrentado a él hostilmente. El mundo que le rodea no le gusta.

Mientras, de manera cínica y desvergonzada, nos hablan del arte por el arte y rehuyen como al peste cualquier asomo de finalidad cognoscitiva, ética o didáctica en la creación cultural.

La imagen maldita del artista es sin duda expresión de su desamparo (más económico que otra cosa), forzado a llevar una vida de marginado, más cerca del lumpen que de la aristocracia. Ciertamente esa es la imagen que presentan los literatos del siglo XIX (Dickens, Balzac, Dostoievski), acuciados por graves problemas económicos, perseguidos por sus acreedores, siempre al borde del desahucio.

Llegados a este punto quizá sea bueno recordar que, como Marx demostró, "las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época".


Aunque Baudelaire presenta su creación como arte puro, los académicos y los críticos no le admitieron en el selecto foro de los consagrados, precisamente porque consideraron que distaba mucho de resultar puro.  

Así quedaban delineadas las dos posiciones artísticas puras de la burguesía frente a la miseria y las lacras capitalistas: o bien se ocultaban los trapos sucios, o bien se decía que eran limpios. Esta segunda fue la posición de Baudelaire.

De esta forma el poeta parisino consigue nominar aquello que no podía ser nombrado hasta el momento, convirtiendo lo indecible en decible. 

Asimismo, define en el mismo texto, a la Modernidad como:

"lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable".







Charles Baudelaire (1821-1867), poeta, maldito, incestuoso, rebelde. 

Censurado desde la publicación misma de su poemario Las flores del mal. Incomprendido durante largo periodo. Aclamado por otros veneradores de lo prohibido. Este explorador de lo urbano, merece mucho más que interpretaciones banales de su poética.






Baudelaire es considerado el "padre de la poesía moderna"

La poesía emprende otros caminos: la exploración de la propia interioridad y la búsqueda de la belleza a través de la palabra. 

La nueva visión del hombre y el mundo, surgida tras la crisis del positivismo, no puede ser expresada ni por la poesía romántica -excesivamente sentimental y emotiva- ni por la literatura realista -demasiado atenta a la realidad y al servicio de una ideología, ya sea de signo burgués o socialista-. 

Es necesaria una nueva poesía no utilitaria, en la que la obra no se convierta en una confesión de sentimientos arrebatados ni en un espejo interesado de la realidad. 

Son varias las tendencias estéticas, (decadentismo, prerrafaelismo, parnasianismo, simbolismo). 

Baudelaire es el poeta de mayor impacto en el Simbolismo francés, precursor del Decadentismo: el dandismo y malditismo como rechazo de la moral burguesa, afán de rebeldía individual y social, concepción no utilitaria del arte, se busca el arte por el arte, el simbolismo como modo e lectura de la realidad, la modernidad de la ciudad como tema literario. 

Los decadentistas rechazan la sociedad burguesa y adoptan una actitud de superioridad que les lleva a transgredir la moral y a complacerse en lo morboso. 

Se trata en realidad de una actitud estética, que acompañan con costumbres e indumentarias particulares, el dandismo. Tales ideales se acercan también al Simbolismo. 

Los simbolistas desprecian al gran público al que consideran incapaz de comprender su arte. Defienden la importancia de los sentidos (paisaje, mujer, un cuadro) todo puede ser hermoso, es fuente de goce para el oído, la vista, tacto y olfato. Recurre a la musicalidad de las palabras y a la sinestesia o cruce de sensaciones. Emplean el símbolo como medio para expresar lo inefable, lo que no puede encerrarse en conceptos. El lenguaje cotidiano se incorpora a la poesía. Este es el surgimiento de la literatura moderna, con el transitar por caminos no transitados antes y con nuevas formas de expresión artística.





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