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miércoles, 11 de enero de 2012

"VIDA DE UN IDIOTA" de AKUTAGAWA RYUNOSUKE



Sea, posiblemente, “Vida de un idiota y otras confesiones”, uno de los libros más bonitos y poéticos que haya leído jamás. Y todo porque el escritor, Akutagawa Ryunosuke, tiene la belleza del alma en los dedos. Es capaz, con pocas palabras, de generar una descripción detallada y minuciosa tanto del exterior de la persona, lo que acompaña a los huesos –ciudades, ríos, montañas, playa, medusas–, como lo interior y más impredecible: la locura. No cuenta grandes historias, pero encierra grandes verdades. “Vida de un idiota” son relatos autobiográficos. En mayor o menor medida, todos los personajes que Akutagawa nos presente, son él. Y quizás también es ellas: su mujer, la niña del tren. La atmósfera que este escritor es capaz de crear es digna del mismísimo Kawabata, que en “Lo bello y lo triste” describe la naturaleza tan acertada y poéticamente como lo hiciera, en su momento, Mary Shelley con su “Frankenstein”. Es la naturaleza, quizás, en la literatura de Akutagawa el complemento perfecto del destino: ambos van de la mano mientras observan la pluma del escritor moviéndose en el aire. Porque esa sensación queda: que Ryunosuke escribe desde el aire, y que nos contempla. Es, además, otro escritor que se fue del mundo demasiado pronto.


Ningún escritor debería morir.

"Tú, que amas la belleza de la naturaleza, seguramente te estarás riendo de esta contradicción ante mi intento de suicidio. Pero la naturaleza se me presenta bella porque la miro con un pie en el estribo de la muerte".

El deje de tristeza que invade la misma vida del escritor invade su literatura. No se aprecia la felicidad, no se aprecian las sonrisas, si las hubo. No se aprecia alegría alguna por vivir, ni por soñar, ni por escribir. Sólo se deja entrever en las lecturas de los demás, en las lecturas de los protagonistas mismos, que salvan a nuestro escritor del abismo de la locura. Lo que se aprecia, lo que puebla a sus anchas por entre sus relatos, es el miedo, el terror, la muerte que asoma. LA MUERTE, siempre presente: en la locura, en las pesadillas. “¿Es que no hay nadie que me haga el favor de venir y estrangularme silenciosamente mientras duermo?” Las señales, acaso, de una mente que está cansada de vivir. Ningún relato es demasiado largo; todos son demasiado cortos. Pero en esa simpleza, en esa brevedad, se esconden muchas tormentas. Akutagawa nació de una madre que estaba loca. La conclusión, entre muchas otras, que sacamos al leerlo es: él mismo estaba un poco trastornado. En realidad sería así: él estaba aterrorizado de poder estar también trastornado. Oía voces, alas, pájaros.

"Por el pasillo de la medianoche no pasa nadie. No obstante, a veces, al otro lado de la puerta escucho el batir de alas. Puede que alguien tenga un pájaro en alguna parte".





“Vida de un idiota” son las palabras de la psicología humana. Pocos escritores han sabido describir la mente perturbada de una manera tan definitiva, tan detallada, tan bien dirigida. Akutagawa consigue, con pocos versos en prosa, con pocas vueltas de hoja, un paseo singular por los abismos personales de cada cual. Él sabe cómo definir la angustia vital de sí mismo, y nos la traduce a palabras bellas para que podamos entender, antes de volvernos locos nosotros también. Y, curiosamente, en el fondo de todo, encontramos, como quien encuentra un tesoro, un puñado de dulzura por lo que podía haber sido y sólo fue en alguno de los escritos. “Las mandarinas”, por ejemplo, que abre el libro. Una dulzura que nos gusta recuperar después de tanta amargura. Después de que nos llegase “tanto grito”, como diría Benjamín Prado. Pero lo cierto es que con gritos o no, con silencios, con cosas no dichas pero percibidas, con tsunamis interiores y exteriores, con incendios, con destrucción, con vida o con muerte, el que lee a Akutagawa renace con cada página, y se le hinchan los pulmones como si no hubiese un mañana que respirar. Por suerte, entre las páginas de Ryunosuke, el lector siempre encuentra una casa que habitar, un sitio que reconstruir con empatía y cariño. Y con recuerdo, siempre. Y añoranza, por la muerte prematura de quien quiso ser un dios y escribía como tal. Belleza en estado puro. Escribe, Ryunosuke, escribe escribe escribe más.

"Los dioses, aunque sean infelices, no pueden suicidarse como nosotros".


http://www.graniteandrainbow.com

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